Y si hubiera… 

Hablaron de todo y de nada mientras el aire agitaba las persianas blancas e impecables de su enorme oficina, el sol olía a fines de verano y sus manos a chocolate. Ambos tenían destinos distintos, él Toronto y ella Los Cabos, serían dos largas semanas y, aunque prometieron textos, mensajes, fotografías, tal vez un video chat, aún así algo le dolía en el pecho y a él le volvía llamarada sus expresivos ojos cafés. 

Entre la platica ella agitaba su tacón naranja mientras pensaba en cuantas ganas tenía de ir desabrochando su camisa de rayas, ir descubriendo ese camino hasta su entrepierna, cubrirlo de besos, caricias, lengua, regalarle aliento y asegurarse de que se llevaría tatuado su nombre, sus sueños, las posibilidades. 

-¿En qué piensas? 

-En nada – respondió mordiendo coqueta su delineado labio inferior – te estaba escuchando. 

Siguió la charla sobre clientes e itinerarios, ahora él seguía con la mirada la curva de su escote, ella traía ese vestido gris que tanto le gustaba, corto, lo justo, y con una apertura en V que le hacía imaginar seguramente un brassier negro sobre su piel blanca (ignoraba que era naranja como sus zapatos y sus accesorios). 

Cuántas ganas de pedirle que se acercara, subirla a su escritorio, esbozar sus piernas, besarlas, ir a fondo y perderse en su aroma, su húmedad, quizá ser atrevido y penetrarla, fundirse dejando una huella que resistiera trece días, ahogar un grito y proteger el agitado corazón en un abrazo fuerte. 

-¿Sabes a que hotel llegas? 

-¿Eeh? – reviró agitando su cabeza y dejando la imagen de sus cuerpos en pausa. 

-¿Pues en qué estás pensando? – preguntó riendo. 

-Si te contara – respondió suspirando – ya debo irme. 

Se abrazaron largamente, sintiendo nostalgia desde entonces. Salieron pensando “y si me hubiera acercado” “si me hubiera levantado”, pero el hubiera no existe y ahora ya no tenían tiempo, al menos no por trece días. 

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Aquella tarde 

Esa necesidad suya de abrazar, a veces dolía, otras consolaba y, algunas más, encendía volcanes. Aquella tarde fueron sin duda lo primero y lo último. Enrolados en agendas yuxtapuestas habían tenido que transitar por ausencias coloreadas por textos e imágenes. 

-El vuelo está retrasado. 

-Oooh, espero alcances la conexión. 

-Es sólo una hora, pienso que si. ¿Dónde estás? 

-¿Beberás algo a mi salud? 

-Claro preciosa, ya ordené una Bohemia. 

-Uuff tu muy bien. Yo estoy en casa, regresé de correr y voy a la ducha. 

-¡Vaya tentación! 

-¿Qué? ¿Esto? – preguntó pícara adjuntando una foto de su trasero portando una diminuta tanga roja. 

-¡Siiiiii! Uuyy y yo con cara de poker aquí en la sala VIP. 

-Jaja jaja es sólo una probadita de lo que te espera, nos escribimos más tarde amor, buen viaje. 

-Vale, te dejo muchos besos en diferentes lugares. 

Ella tararareaba al abrir el grifo, él sonreía al darle un trago a su cerveza, tan cerca y tan lejos. 

Aquella tarde estaba en la cocina cuándo lo escuchó entrar, continuó descorchando la botella de Martini Asti que había puesto a enfriar. Lo sintió pegarse a su cuerpo, oler su cuello, lamerlo despacio, sintió sus manos coqueteando bajo su blusa gris, sonrió girándose ¡oh Dios cuánto lo había echado de menos! Aliento, bocas, corazón, todo de susurro a escándalo y viceversa, botones débiles y una tanga cómplice y feliz de ser guardada en el bolsillo de su pantalón azul marino. 

La subió al mostrador, entre la estufa y la cafetera, le ofreció un largo trago de vino espumoso y derramó un poco por su cuello, su pecho, más allá, para, muy cuidadosamente, irlo saboreando directo de su blanca piel, gota a gota, encontrándola húmeda y no sólo de alcohol, ella gimió al sentir su lengua, puntillosa como siempre, como la esperaba y le gustaba tanto, cerró los ojos y se abandonó a todas las sensaciones que la sacudían hasta gritar, jalando su cabello y tirando con el pie un cesto de manzanas rojas  que rodaron por todo el piso haciéndolos soltar una carcajada. 

-¡Qué recibimiento! 

-Al contrario, qué buena llegada. 

-¡Holaaaaaaaa! – dijo con sarcasmo levantando una ceja. 

-Jajajaja ok está bien, qué buena arribada – respondió besándolo con ternura. 

-Te extrañe novia, vamos a la habitación que tengo muchas ganas de poner en práctica todas las cosas que me escribiste y besar todas las partes que me enviaste en esas fotografías. 

-Oooh, ¿te gustaron mucho entonces? – preguntó coqueta y probando un poco más de vino. 

-¡Mucho! – saltó él- de sólo recordarlo… 

8:15am. Ella escribió: Buenos días dormilón. Él respondió que lo había despertado, apenas. Se sucedieron los buenos días, ¿qué soñaste? ¿Conmigo? Uuff, ¿así? Eran tantas las ganas que cada línea fue subiendo de tono y también las fotografías: él con crema de afeitar, jugando y haciendo caras, luego su torso desnudo, cintura hacia abajo, ella deslizando una mano bajo la pijama, un seno, una entrepierna húmeda, una erección, un audio, otro más, un orgasmo casi a la par, dos imágenes más, ambos vestidos y sonrientes ¡vaya forma de iniciar el día! 

Subieron la escalera de prisa, él con la botella y ella con las copas, haber recordado su sesión a distancia les había puesto lava en las venas y electricidad en las manos, el resto de la ropa quedó entre la escalera y el piso, la tumbó sobre la cama y, mirándola fijo, la fue buscando, gozando el roce, el toque suave hasta que se deslizó en ella, ambos cerraron los ojos y se dejaron llevar, un ritmo, un latido, un in crescendo imparable, inevitable, sublime, hoguera, sol, tiempo y brisa, todo fusionado y encajando como la marea en una suave playa blanca. 

Después de largos minutos entre brazos las historias del viaje fueron surgiendo, un poco más de vino, dos besos aquí, uno allá, aquella tarde apenas empezaba. 

Diferente. 

Esa noche fue completamente diferente, él escogió un concierto umplugged de Miguel Bosé en MTV, ella sirvió dos copas de tinto y ambos se acomodaron muy juntos, con los dedos entrelazados y sus rostros en beso esquimal. Sonaron las primeras notas de “Nena” y los dos sonrieron, se fueron agolpando los recuerdos junto con los acordes, empezaron los invitados y, casi sin darse cuenta, se encontraron tarareando las canciones y dibujando líneas en sus brazos, su cuello, sus mejillas. A ella le encantaba escucharlo cantar, verlo feliz, a él le encantaba hacerlo con ella, junto a ella, por ella. 

Él se quejó de la canción escrita por Juan Luis Guerra pero apretó su mano cuando empezó “Como un lobo”, ella suspiró al escuchar “Olvídame tú”, como una promesa de que, pasara lo que pasara, no lo olvidaría nunca, lo besó con fuerza como queriendo decírselo. 

Finalmente “Te amaré”, cantada con sentimiento, como una especie de juramento, aún sin decirse pero diciéndolo todo, sintiendo que cada frase se ajustaba a sus pasos juntos, a ese amarse en silencio y por decisión, salvo la mala ortografía, claro, pero, sin duda, con los defectos y manías, esa certeza de que esta historia, su historia, era maravillosa, con palabras y sin ellas, con ausencias y sin ellas. 

Poco antes de que terminara, sus labios se buscaron, sellando todo lo que el corazón latía, descubriéndose como si fuera la primera vez, mejor, despacio, encontrando su lengua, su aliento, pasado, presente, futuro, despertando las manos, el alma y ese volcán que compartían. 

La ropa fue estorbando, lento, muy lento, con roces suaves y besos en diferentes lugares, de diferentes formas, recordando y creando al mismo tiempo, al quitarse los pantalones fue a sentarse en la silla junto a la ventana, sonriéndole coqueto, ella levantó una ceja mientras se despojaba de su ropa interior de encaje negro. 

Caminó sin prisa acercando sus pechos a su boca, acariciando su piel con la suya hasta encajar perfecto, hasta irlo dejando entrar, midiendo cada movimiento, girando su cadera, poco a poco, más profundo, hasta contenerlo todo, alma y cuerpo, presente, suerte, camino, alborotando la espina dorsal con las yemas de sus dedos, empujando, tejiendo espasmos en el trasero y esbozando marea en sus labios. Se disfrutaron momento a momento, sin reloj, sin aire, palpitando, inventando lava, espuma, savia, entre su mirada y la imagen de la ciudad, un poco de luna y mucho de sus cuerpos, su pasión, su amor. La revolución les reventó desde el centro, a la par, vibrando, gimiendo, más rápido, más fuerte, la levantó en vilo y ambos cayeron entrelazados en la cama. 

-Te quiero mucho ¿sabes? 

-Yo más, mucho más. 

La luna miraba el cuadro por la ventana, eran afortunados. 

Tomados de la mano 

Iban tomados de la mano, solamente, ignorando lo que les rodeaba, fluyendo con el tiempo y mirando el paisaje, aún así podía sentirse la electricidad entre sus cuerpos, mientras él pensaba en desabrochar su camisa amarilla hasta poder perderse en su pecho, erguir sus pezones, lamerlos despacio, mordisquearlos un poco haciéndola arquearse, abrirse, pedir más. Ella, por su parte, disfrutaba del calor que le transmitía su piel, cerró los ojos aspirando su aroma, haciendo un esfuerzo por no lanzarse a su cuello ni, mucho menos, bajar a su cremallera buscando encontrar esas ganas encendidas que siempre tenía para ella. 

Se registraron en el hotel y, en cuanto se cerraron las puertas del elevador, los labios se encontraron, cariñosos pero demandantes, húmedos y complacientes, tan corto el trayecto, siguieron a la habitación tomados de la mano, otra vez. 

Los recibió una enorme cama en una habitación minimalista, agujetas, cinturones, brassier, calcetines, todo al piso y ellos desparramados sobre las sábanas, domando las ganas, descubriendo lo que habían imaginado todo el día, el aroma, el color de la ropa interior, esa sensación esperada del piel a piel, de mordisquear los pezones y encontrar las ganas encendidas. 

A ella le encantaba irle sintiendo despacio y él había aprendido a acomodarse a su cuerpo parte por parte, encontrarse el modo del día, más por encima de ella, quizá separando su cuerpo para enfocarse en el vaivén en su entrepierna mirándose a los ojos ¡ah cómo le gustaba eso! O tal vez dejarla reptar por su vientre haciéndolo suyo, meneando la cadera sin reparos, en círculos, en embestidas largas y profundas. 

Hacía tiempo que se conocían el arte de derrumbarse barreras y descubrirse fuego, esa tarde se incendiaron hasta el alma y se gritaron te amo en estertores. La ciudad era suya, salieron, tomados de la mano, a buscar donde comer. 

Ritual 

Hacer el amor era un ritual, un ritual que conocían y habían ido entretejiendo desde hacía ya demasiadas lunas. Podría decirse que era más que sólo hacerlo, era inventarlo cada vez, crearse y fundirse entre marejadas y fuego de volcán, era permitirse saborear los colores de la piel y electrizarse cuando su lengua alcanzaba su pecho o sus labios lo hacían erguirse, ansioso y dispuesto. 

Aquella tarde y con el sol pardeando todo fluyó y se escalaron juntos de la cabeza a los pies y viceversa, con la mirada, con las manos, con el aliento, fueron preparándose, disfrutándose, entre la necesidad y la calma, entre la certeza de saberse y la incertidumbre de ignorar el siguiente paso, la siguiente sensación, empeñados en llegar más lejos, tocar más profundo, vibrar en el mismo tono, inventando una forma nueva de hacerse uno, de volar y redimir absolutamente todo. 

Los minutos explotaron al compás de su magia, las lágrimas, los gemidos, ese ¿me sientes? salido del fondo de la garganta y todo reventando como una gran ola, sin tregua, girándolo todo, arrebatando sal y aire, dejándolos en el sopor más delicioso que regala el amor del bueno, del que no necesita explicaciones, del que sabe y siente, se siente. 

-¿Tienes hambre? – preguntó después de un largo rato. 

-Siempre – respondió con una media sonrisa. 

-Jajajaja anda, te invito a cenar – dijo sonando una nalgada en su blanco trasero y, medio a modo de disculpa agregó – lo siento, me encantan. 

Las reglas cambian 

Mis queridos lectores, si bien es cierto que las líneas han seguido corriendo, había dejado de lado el escribir estas pocas de opinión y, me parece hoy, que hacen falta. 

Probablemente el título les haya recordado a aquel programa, el “Big Brother”, voy a pedirles que lo dejen guardadito entre los trastos viejos de la televisión que no construye, hoy es de otra cosa sobre la que quiero reflexionar. 

La semana pasada se nos adelantó un hombre a quien no tuve la fortuna de conocer pero, a juzgar por el sentimiento y la afluencia, fue especial. Que se detuviera su corazón movió cosas, tangibles e intangibles: personas viajando largos tramos para venir o regresar, el mar diciendo hasta luego, fotografías pendientes, amigos cercanos formando vallas de sentimiento y fuerza, recuerdos de ausencias que aún hacen un nudo en la garganta, personas que durmieron en casa y otras más que pudieron abrazarse para tomar fuerza y enfrentar el día. 

Muchos hemos escuchado el viejo refrán de: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy; sin embargo, creo que pocos entendemos el fondo de su significado. 

Este fin de semana me hizo ver claramente que cuando una oportunidad se presenta y todas las condiciones se acomodan frente a la mirada ¡hay que tomarla! Que muchas veces cuando dudamos el momento pasa y la oportunidad con él. Me hizo terminar de entender que no podemos controlarlo todo, de hecho es muy poco lo que si, pero cuándo fluimos, a pesar de todo, se genera luz y viento, apoyo con abrazos y hay pedazos del rompe cabezas que vuelven a encajar, quizá hasta mejor. 

En la vida LAS REGLAS CAMBIAN, nada es estático ni perenne, por eso saber jugarla significa entender cuándo apostar y cuándo retirarse, cuándo agarrar aire y dar el último esfuerzo, cuándo dejar de lado el glamour y tomar esas fotografías, hoy, sin esperar a mañana, tal vez entonces ya no sea posible. 

LAS REGLAS CAMBIAN, con ello también los sentimientos, las circunstancias, el contexto y hasta las ganas. Decir que LAS REGLAS CAMBIAN significa que el cambio es constante y real, que, sin importar que tan mal o que tan bien estamos, eso va a ser diferente, que moverse, de preferencia hacia adelante, es la mejor opción. 

Cambian las parejas pero también las personas que las forman, cambian los jefes y los roles de trabajo, cambia la música y la moda, cambian los estándares de belleza y el concepto de jubilación,  cambia hasta el clima y la geografía. Fluir con ello promete una vida más intensa y más feliz ¿acaso no estamos aquí para eso? 

Nadie dijo que fuera sencillo, la palabra cambio da escalofríos pero fluir pone la piel chinita y se siente bien, deberíamos todos intentarlo. Fluir con lo que tengo y lo que no tengo, fluir hacia dónde quiero, fluir con el tiempo, mío y propio, sobre todo, fluir con nosotros mismos respetando y cuidando mis alas, cada día. 

El esfuerzo de ser consciente y arrojado vale la pena, igual que aquel que nos lleva a entender que no es el momento o que ya no lo es más. El sol no deja de salir así que las oportunidades no paran de asomarse, fluyamos, recordemos a los ausentes y honremos su memoria viviendo intensamente, tomando esas oportunidades con la fe de saltar al vacío. 

Hasta aquí esta semana. Hagamos conciencia, toquemos cada día con las manos y armemos una revolución con las estrellas y el sol. Los abrazo. 

Bordeando 

Con música de David Garret fue bordeando la playa de Tecoman, su piel erizada de nostalgia y su sonrisa puesta en el cielo azul. Se fueron sucediendo los recuerdos, desde aquellos sin alas y vestidos de ausencia hasta los reencuentros de venas inflamadas y besos de volcán. 

Amarse había sido como transitar la gama de colores, incluso aquellos que no eran visibles a simple vista, un acto de fe en algunos momentos, de extrema voluntad en otros; había requerido paciencia y valor, paciencia para ir descubriendo los tonos y susurros del corazón, valor para dejarse caer al vacío, de espalda y con los ojos cerrados. 

Su historia se había decantado igual que sus manos en su cintura: sin orden, con fuerza y sin aviso. Rodeando preguntas y miedos, tardaron en encontrar algunas respuestas pero, al final, la fusión de su piel morena a su blanca espalda explotó en un tapiz de corazones hilvanados, lava incandescente y fotografías mentales de todos los momentos que les daban razón de ser. 

Hoy sus laderas y ríos se conectaban a sus raíces, todo fluía, hervía, renacía. La metamorfosis había unido sus manos y coloreado un mapa de su pecho al de ella, él era su norte y ella el sur de sus sueños, el vuelo se había sincronizado y el camino era sólo presente, presente nada más.